Operación Corinna: culpar a ella, salvar al Rey

Operación Corinna: culpar a ella, salvar al Rey

La perversidad femenina ha constituido un relato recurrente del heteropatriarcado desde el Jardín del Edén hasta la construcción del mito cinematográfico de la femme fatale que tiene en Gilda un icono en el que la violencia machista se glorifica mediante una dolorosa estilización artística. Ahora que tenemos un Rey emérito en apuros vuelve el viejo truco de señalar a una mala mujer como motivo de las desdichas masculinas. Cierta prensa de obediencia monárquica está en ello y publica artículos en los que se diluyen las sospechas sobre el rey Juan Carlos I en acusaciones hacia Corinna Larsen.

Un tertuliano aseguró en la cadena SER que lo del Rey emérito podía justificarse ya que perdió la cabeza por amor. Y sugirió que eso le sucede a los hombres muy a menudo a partir de cierta edad. Las mujeres maduras no se enamoran igual (suponemos).

Luego llegó Rafael Hernando como elefante en cacharrería y lanzó un tuit denominando “mujerzuela” a Corinna, al añejo estilo de los hombretones con olor a coñá y Varón Dandy.

De paso añadió Rafael Hernando, prohombre del PP donde los haya, el nombre de Delcy Rodríguez, vicepresidenta de Venezuela, privándola (por supuesto) del apellido y pretendiendo un juego de manos en el que la controversia monárquica se cambie por el eterno debate venezolano.

Nadie va a afirmar de antemano la inocencia de Corinna Larsen por el hecho de ser mujer pero hay algo indecente en el uso de arquetipos femeninos pasados de fecha.

La atractiva fémina maligna que conduce a la perdición al honrado anciano sólo existe en las fabulaciones de otra época, véase El ángel azul y Marlene Dietrich sometiendo a Emmil Jannings. Y tampoco parece que Corinna Larsen se parezca a la psicópata pavorosa que en Atracción fatal interpretaba Glenn Close allá en la década de los 80 del pretérito siglo XX.

Puede que Corinna Larsen no resulte un personaje inocente. Sin embargo, algunas de sus frases han sido certeras. Por ejemplo, cuando definió el carácter de Juan Carlos I: “Es como un niño. No sabe distinguir lo legal de lo ilegal”. Y quizá ahí resida el problema. En el trauma que para Juan Carlos de Borbón supuso una infancia y juventud en la que vivió en precario gracias al dinero de aristócratas afines a la causa monárquica. Recuperada la corona gritó (como Escarlata O’Hara): “¡Juro que no volveré a pasar hambre!”. Y lo cumplió con creces.

Pero no echemos la culpa a la mujer, a esa mala mujer que surge en los cuentos para adultos que son las viejas películas del noir. Corinna Larsen no es Barbara Stanwyck ni Veronica Lake ni tampoco Cruella de Vil. Sólo una persona que se asoció con un hombre poderoso y entre ambos decidieron (según los indicioes expuestos hasta ahora) amasar una fortuna mediante el ejercicio del comisionismo.

La relación personal entre ambos tampoco importa.

O importa poco.

Lo más disparatado (en pleno siglo XXI) es que si se cometió algún delito será Corinna Larsen quien pague mientras que el Rey emérito, de momento, no puede ser encausado debido a su condición de monarca. 

Ese es el debate. Si la monarquía tiene algún sentido a estas alturas. 

Dejad a Corinna Larsen en paz.

DANIEL SERRANO

Fotos: Gtres

ADEMÁS: Lo que esconde el pasado de Juan Carlos I

 

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